jueves, 16 de diciembre de 2010
Para mis lectoras, el nuevo hombre
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Paul Newman
viernes, 10 de diciembre de 2010
Dos pringaos, sí, dos.
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sábado, 4 de diciembre de 2010
Las mujeres vuelan conmigo
Las subo a mi avión y se divierten y se despeinan y me dicen (en inglés): "¡Bubble!, ¡Bubble!, dame más Bubble Gum". Dame más también en inglés, así, como ¡Jimme More! (pero con G, Gimme con G, de punto G). Nunca me estrello, y menos con Veronica Lake a bordo.
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Veronica Lake
domingo, 28 de noviembre de 2010
Hacer el gilipollas era una banda sonora
No sé qué escribir hoy. No lo sé pero he de escribir algo aunque no tenga sentido. Es tarde. Es muy tarde y he trabajado en la editorial hasta muy tarde. Hasta muy, muy tarde. Necesito matizar esto, que he trabajado hasta muy tarde. Trabajar hasta muy tarde es propio del ser humano, es propicio para el corazón del ser humano. No es propiamente dicho un consejo pero es propio del ser humano y es un hecho. Como la guerra. La guerra es un hecho. La Segunda Guerra Mundial fue un hecho. Como el régimen que se sostuvo en Alemania. Pero a mí me gusta más la Marsellesa. Con la Marsellesa gabacha han bailado gentes de todas las edades. Hay una película por ahí que se titula Empiezan los alemanes. Son risueñas esas películas. Hoy nos provocan risa y se ríen ellas mismas cuando se emiten. Hay películas que además de hacerte reír, se ríen ellas de sí mismas. Es algo con dosis de contrasentido, de paradoja. Ahora que recuerdo, ahora que caigo, no sé si la película se titula así o me he inventado el nombre por completo. No sé, miraré en Google si no ha reventado de tantas consultas. Es difícil acostarse un día sin haber consultado Google. Yo tengo un hermano que no usa ni el jabón. Bueno, no es hermano, más bien es un amigo que considero como hermano y que por designios de la vida, nos criamos juntos. Para bien y para mal, me he criado con una persona que a día de hoy no usa ni el jabón ni internet. Tampoco necesita Google, ni teléfono móvil. Hoy necesitamos todos a Google. Todos necesitamos a Google. Sin Google seríamos una mierda. Con Google hoy, todo el mundo es listo y muy listo, listo supino. Orson Welles hacía películas con 25 años. Yo, con 25 años hacía el gilipollas. Follaba mucho pero hacía mucho el gilipollas. Casi siempre estaba haciendo el gilipollas. Hacer el gilipollas era una banda sonora. Toda banda sonora en mi vida, en mi vida con 25 años era hacer el gilipollas. Orson Welles con 25 años hacía el gilipollas de otra manera, hacía el gilipollas haciendo cine, creando. Yo, sólo me picaba y follaba, eso sí. Supongo que Welles también, de otra manera, escena a escena. Con la carrera acabada parecía más gilipollas. No sé qué hizo Orson pero yo hice una carrera de letras que me tiene de tonto. La gente hace carreras de letras para acabar dando clase en un instituto si eres mediocre y en una universidad si eres menos mediocre pero todos, al fin y al cabo más o menos mediocres. Hoy no hacen falta profesores. Con libros, todo se suple y si no, fijaos en lo que hace un profesor hoy. Un profesor hoy, haya lo que haya estudiado, sólo se limita a repetir lo que viene escrito en un libro que hacen o en Madrid o en Barcelona. Eso hace hoy un profesor, repetir lo que publican en un libro. Por eso hoy te encuentras a profesores de Matemáticas impartiendo clases de Música y de Plástica. Es normal, es común encontrar en los centros de secundaria de España a profesores que son como loros que se limitan a repetir lo que viene en un libro. Tenía 25 años cuando llevaba dos en el paro, haciendo el gilipollas. Me arrepiento de no haber leído más a esa edad. A esa edad lo que hay que hacer es leer y escribir. Es lo que necesita una persona con 25 años: escribir y leer, o al revés. Ya no queda nada. Ya no queda nada para llegar al final de esta primera página. No queda nada, creedme. Os puedo resumir la geografía de Birmania si me dais cinco minutos pero no, no lo voy a hacer. Estoy viejo, quiero viajar a Sunset Boulevard y mirar por donde quiera y tocar lo que quiera y escoger la música que me da la gana. Todas estas últimas palabras son de relleno. No hay sentido en ellas. Leo, sigo leyendo y escribo todos los días gilipolleces como la que hoy he escrito y que simplemente me ha servido como ejercicio, como obligación que me ha impuesto mi fisióloga para recuperar la movilidad de los dedos tras el accidente que tuve la semana pasada con el automóvil en la calle La Violetera. Pensé ver a Chaplin y se me fue el coche, subí el coche encima de la acera y me hice mucho daño en las dos manos al taparme la cara y decir, gritar que no estaba soñando. Adiós. Llegó el fin.
La foto es de Hunter S. Thompson, para que lo sepas.
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Hunter S. Thompson,
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jueves, 25 de noviembre de 2010
Porque quiero que Kafka descanse de una puta vez
Sólo los sinvergüenzas son discretos, decía Goethe. Y los que alquilan sus textos para que otros los dispongan en diagonal. El tiempo que se invierte en contar desgraciados es directamente proporcional al tiempo empleado en desarrollar una futilidad. Defina futilidad. Uno, dos, tres -cuento desgraciados-. Esto es lo que ocurre cuando entras muy rápido en una curva: el automóvil se desliza y por pura fuerza centrífuga, la máquina sopla y expira: ¡crack!
Hay un segundo al día en que te sientes capaz de volar como hacen los escarabajos en las noches de agosto aquí, en el sur. Y en el norte, supongo. Como hacen los escarabajos negros y gordos. Existe un segundo de incapacidad para respirar. Al día existe ese segundo, yo lo he contado y lo he elevado al cuadrado. Persiste. Un segundo al cuadrado sigue siendo un segundo. No ha lugar ninguna transformación, ninguna implementación, menos ningún enganche. No cópula. En latín es sin tilde. Sine copula.
307 kilómetros es una cifra redonda. Tengo un coche que consume 18,7 litros de gasolina cuando hace 307 kilómetros a una velocidad media de 68,7 km/h. y con un consumo medio de 6,2 litros cada cien kilómetros recorridos. No soy físico pero la ciencia enciende mis pilotos de posición. Me da vidilla.
Había buscado un nombre para este blog y mientras lo encuentro o no lo encuentro, creo que voy a bautizarlo como El jinete del cubo
Mañana os cuento, si saco tiempo, de qué va el relato.
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lunes, 22 de noviembre de 2010
Así he leído este fin de semana
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Jane Birkin,
Jean-Louis Trintignant
viernes, 19 de noviembre de 2010
Tanta mierda y tanta palabra junta
Tanta. Acabo de ver una película comercial y me siento mejor. Ciudadano. Tanta mierda y tanta palabra junta ya no sirven para nada. Tampoco sirven para nada muchas de las chicas que veis aquí: están muertas o han fallecido, depende de a qué escuela literaria pertenezcas usarás una conjugación u otra. Todos morimos jóvenes.
Tanta palabra sólo sirve para confundir y tanta imagen para caerse redondo encima de la cama como hace al final de este vídeo el Juan, que lee follando. Después de ver la película comercial me sumerjo o me he sumergido en la red y veo a estas chicas y leo a una tal Irene Lozano de la cual no sabía nada hasta que he leído un tweet en twitter sobre ella.
Tanta mierda y tanta palabra junta ya no nos sirven de nada. Ya no hay posibilidad de fundar ninguna revolución. Ni de desenfundarla, ni de pegar un tiro, ni aquí ni en el oeste, que era Almería pero nadie lo sabía. Tanto torrente de ideas, tanta palabra y mierda junta. Muerto. Me siento muerto cada vez que entro en Internet para saber de tal y cuál autor. Voy a desconectarme y sólo enchufarme cuando me apetezca echar otro post. Tanta mierda, tanta palabra, tanto luto, tanto listo, tanta escritora frígida, tantísima editorial y venga más editoriales y venga a reproducirse por esporas... Si ya está todo dicho, si ya está todo escrito, si ya está todo inclinado hacia ese lado, ¿qué más da? Vivito y coleando sigo, a pesar de tanta mierda y tanta palabra junta. No dan ganas de seguir escribiendo, no dan ganas de seguir cobrando; sólo te apetece gritar: “Si no sabes escribir, no escribas”. E irte al campo con las cabras, con las cabras, con las cabras y los cabrones.
Tanta palabra junta y tanta mierda, o lo que es lo mismo tanta mierda y tanta palabra junta sólo sirven para declamar un año más la consigna de la felicidad, porque hay que adelantarse para estar a la moda, para ser moda: ¡Feliz Navidad!
Ahora escribo hasta yo, que no sé escribir.
Tanta palabra junta y tanta mierda, o lo que es lo mismo tanta mierda y tanta palabra junta sólo sirven para declamar un año más la consigna de la felicidad, porque hay que adelantarse para estar a la moda, para ser moda: ¡Feliz Navidad!
Ahora escribo hasta yo, que no sé escribir.
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Irene Lozano,
Juan Mal-herido
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Se llama Isabelle, y es mi amiga
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Isabelle Adjani
lunes, 15 de noviembre de 2010
La habitación de morir
¿Podría ser esta la cita que abriese la novela?
“Aquí, en esta habitación de morir, no debía desesperar, sencillamente, debía dejar que obrara en mí la naturaleza, que se mostraba aquí de forma totalmente brutal, posiblemente más que en ningún otro lugar” (Bernhard en El aliento, 233)
-¿Una puta cita para abrir una novela?-
-Bubble, eso es una moda de otro siglo. A pelo, comienza a pelo y sáltate dos páginas, la de cortesía y la de los derechos. ¡Suerte, bandido!
-Gracias. Me lo pienso.
-¿Una puta cita para abrir una novela?-
-Bubble, eso es una moda de otro siglo. A pelo, comienza a pelo y sáltate dos páginas, la de cortesía y la de los derechos. ¡Suerte, bandido!
-Gracias. Me lo pienso.
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Bernhard
domingo, 14 de noviembre de 2010
Inútil escribir sobre ti
Es inútil escribir sobre uno mismo, pero es imposible escribir sobre otra cosa.
La cita es de un tal Schiffter cuando elucubra y se atreve a hablar de Montaigne. Así, de este modo, tanto lo acecha que caza en la sorpresa de algún minuto atropellado. El minuto queda reventado y sus vísceras, fracciones de pobres segundos, esparcidas entre la escritura que siempre versa sobre el follaje cotidiano.
Qué cosas.
La cita es de un tal Schiffter cuando elucubra y se atreve a hablar de Montaigne. Así, de este modo, tanto lo acecha que caza en la sorpresa de algún minuto atropellado. El minuto queda reventado y sus vísceras, fracciones de pobres segundos, esparcidas entre la escritura que siempre versa sobre el follaje cotidiano.
Qué cosas.
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viernes, 12 de noviembre de 2010
En la espera está el motor
Mi pasión por la escritura surgió mientras esperaba en un taller mecánico. Las palabras que siguen en este texto son resultado de aquella pasión. La pasión se ha perpetuado y demanda diariamente al menos cinco minutos de papel y tinta, de teclado y pantalla, de imaginación, al fin y al cabo. La escritura sólo es imaginación, le pese a quien le pese. Alan Pauls dice que la escritura no sólo es contar historias. ¿Qué es entonces? ¿Experimentar con las palabras? Vale, también.
En los talleres el concepto de espera se agranda. La espera es un componente que no podemos olvidar cuando hablamos de talleres mecánicos.
En un taller mecánico no se escribe, se reparan máquinas. Se sustituyen y se reemplazan piezas inservibles, viejas y muy usadas por otras que llegarán a serlo algún día. En un taller mecánico se escuchan sonidos no habituales; martillazos que persisten en el espacio y que calientan -en estas frías mañanas- los tímpanos. Ahora veo un rodamiento con los que en mi infancia usaba como ruedas de un carretón. El carretón. Siempre me ha chiflado ese vehículo. Vehículo hecho a mano, con trozos de madera, tornillos y rodamientos que hacían de ruedas que se desplazaban sobre las aceras muy rápido. El rodamiento apenas tenía rozamiento, rueda y no roza, roda sin roza. Era inseguro pero rápido. Trabajar la velocidad con rodamientos era simular por aquel entonces a los mejores mecánicos de Fórmula 1.
Tenía cita a las nueve de la mañana en los talleres Couñero. Los talleres Couñero están regentados por Fabián Couñero, que es un ingeniero al que siempre le había fascinado la mecánica de los motores diésel e invirtió todos sus conocimientos en reparar motores diésel, en mantener motores diésel y en fabricar los nuevos motores Couñero que se usarían en la próxima temporada de Fórmula 1.
Allí estaba yo, esperando a que revisasen el motor diésel del vehículo que uso como herramienta de trabajo y como herramienta de enamoramiento. Sí, enamoro a muchas chicas en el vehículo que la empresa me presta. Las enamoro y me enamoro. Después ya sabe todo el mundo lo que sucede. Es la canción de Loquillo repetida cincuenta y dos veces al año. Suelo enamorar a cincuenta y dos mujeres al año. Sólo me follo a veinte. En el vehículo, claro. No es lo mismo hacer una cosa que la otra. No es lo mismo llevar el coche al taller para que lo revisen que dejarlo allí porque está averiado. Con las mujeres que enamoro en mi coche de empresa suele suceder lo mismo. No es lo mismo enamorarlas y enamorarse que sólo follarlas. Ambas son actividades que me producen placer pero ¿a quién no le provoca gustirrinín enamorar y follar mujeres? ¿A tí quizá, querido lector? Si no sientes gusto será porque eres muy maricón o eres mujer. Al hombre le gusta hacer lo que más arriba he contado.
Allí estaba yo, esperando a que revisasen el motor diésel del vehículo que uso como herramienta de trabajo y como herramienta de enamoramiento. Sí, enamoro a muchas chicas en el vehículo que la empresa me presta. Las enamoro y me enamoro. Después ya sabe todo el mundo lo que sucede. Es la canción de Loquillo repetida cincuenta y dos veces al año. Suelo enamorar a cincuenta y dos mujeres al año. Sólo me follo a veinte. En el vehículo, claro. No es lo mismo hacer una cosa que la otra. No es lo mismo llevar el coche al taller para que lo revisen que dejarlo allí porque está averiado. Con las mujeres que enamoro en mi coche de empresa suele suceder lo mismo. No es lo mismo enamorarlas y enamorarse que sólo follarlas. Ambas son actividades que me producen placer pero ¿a quién no le provoca gustirrinín enamorar y follar mujeres? ¿A tí quizá, querido lector? Si no sientes gusto será porque eres muy maricón o eres mujer. Al hombre le gusta hacer lo que más arriba he contado.
Las esperas en el taller se pueden convertir muchas veces en esperas eternas. Escribir esperas eternas es como amasar el concepto de espera con mayúscula. Así: Espera. Espera y no te aburras. A estas alturas te estarás preguntando de qué va este relato. Si es verídico o es una ocurrencia del autor del mismo. Soy autor de muchos textos, de demasiados textos y tras varios días de reflexión he decidido contar aquí qué es para mi la vida. La vida no es nada. Sí, perdón, la vida es esperar. La vida es como esperar a que te arreglen el automóvil en un taller mecánico donde trabajan seis mecánicos de los cuales cinco se dedican incansablemente a atender el teléfono para pedir bombas de gasolina, válvulas y demás componentes necesarios e imprescindibles para llevar a buen puerto la reparación. Sólo uno repara. Hay cinco gestionando el taller y sólo uno repara, sólo uno se coloca debajo del coche y cambia el aceite y revisa los discos de freno y comprueba que las luces de freno resplandecen como linternas en la oscuridad. Sólo uno y así lo cuento y así lo escribo ahora que estoy hablando de las esperas que demasiada gente a lo largo del día tiene que acometer en sus ciudades sobre sus vehículos cansados y rodados.
Y esperas porque he de rellenar la pluma de tinta. Se ha terminado justo en el momento en que iba a describir qué he hecho durante las dos horas que he estado esperando a que revisasen mi Renault Laguna.
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Pauls
miércoles, 10 de noviembre de 2010
La funcionaria sólo sabía españó
Procedo de la biblioteca. Me parió al amanecer. Un día de 19setentayalgo. Sopla el viento y retumban los cristales. Los cristales están sucios y no dejan pasar la luz del día, ni la del sol. Hace cinco minutos venía de la biblioteca. Ahora estoy en casa. Allí, donde me dieron luz, hay una bibliotecaria a la que le he llamado la atención, como funcionaria que dedica ocho horas de su vida a pasar los libros que se lleva la gente por un lector láser. Hoy, esa funcionaria ha tratado con la punta del pie –según mi parecer y mi yo- a un extranjero que no es inmigrante sino negro como yo. Pero él de verdad. El extranjero le estaba ofreciendo la solicitud para obtener el carnet de esa gran biblioteca y así poder usar los servicios que todos los que trabajamos –mayormente- pagamos: internet, periódicos, WC, libros y niñas que estudian en la segunda planta del edificio ávidas de sexo con negros que quieren existir como son, que ya es bastante.
La biblioteca que frecuento es peculiar. No me desvío, ni la atención ni mi historia que no es historia sino una visión del mundo. Se escribe bien o mal pero si no tienes una peculiar visión del mundo no apuntas y si no apuntas no aciertas y si no aciertas, no comes, y si no comes, ¡mueres! La historia era esa, la de un pobre negro, extranjero y según la prensa inmigrante, que acudía a la barra donde dispensan libros gratis para obtener su carnet de lector. Esto ya lo he dicho. Lo repito. Érase entonces la funcionaria -que no teme que la despidan, que cobra y come todos los meses, que tiene una cama donde duerme y folla y un hijo que se inyecta heroína a escondidas- ha tratado muy mal al extranjero que apenas come, que no sé si folla y que tampoco tiene un hijo que se esconde de él cuando se mete el pegamento en las narices. La función de la funcionaria ha consistido en dar por culo al extranjero dificultándole como sabía y podía el proceso para que pudiese obtener el carnet. Qué hija de puta. Como come y folla...
Hasta que se me han inflado los cojones. Era el siguiente en la cola. Divisaba con privilegio la función. ¡Empecemos!, -me decía.
Y le he dicho: "Señora, es extranjero y NO está entendiendo lo que le está diciendo”. Y se calla, la funcionaria se calla ante el ciudadano, ante mí y ante el extranjero. El funcionario es vano y banal por naturaleza casi siempre. El funcionario siempre se calla por prudencia y temor, vaya a jiñarse.
En ese momento no me ha quedado más opción que usar mi buen francés y mi mejor inglés para explicarle al extranjero qué sucedía. El extranjero sabía inglés y francés y senegalés. La funcionaria, españó. Esa hija de puta sólo sabía hablar españó. Esa funcionaria, que hoy le ha salido del coño tratar así al trilingüe extranjero, desayuna todos los días, se va todos los días con la que entra con ella al baño al bar Minutero de Reloj a las 9:56. Y escrupulosamente mastican durante treinta justos minutos la tostada de mantequilla con miel.
Hoy, no. Hoy me ha invitado a desayunar porque le he amenazado. Le he dicho que la próxima vez ¡saltarán las puertas de su quicio!
La biblioteca que frecuento es peculiar. No me desvío, ni la atención ni mi historia que no es historia sino una visión del mundo. Se escribe bien o mal pero si no tienes una peculiar visión del mundo no apuntas y si no apuntas no aciertas y si no aciertas, no comes, y si no comes, ¡mueres! La historia era esa, la de un pobre negro, extranjero y según la prensa inmigrante, que acudía a la barra donde dispensan libros gratis para obtener su carnet de lector. Esto ya lo he dicho. Lo repito. Érase entonces la funcionaria -que no teme que la despidan, que cobra y come todos los meses, que tiene una cama donde duerme y folla y un hijo que se inyecta heroína a escondidas- ha tratado muy mal al extranjero que apenas come, que no sé si folla y que tampoco tiene un hijo que se esconde de él cuando se mete el pegamento en las narices. La función de la funcionaria ha consistido en dar por culo al extranjero dificultándole como sabía y podía el proceso para que pudiese obtener el carnet. Qué hija de puta. Como come y folla...
Hasta que se me han inflado los cojones. Era el siguiente en la cola. Divisaba con privilegio la función. ¡Empecemos!, -me decía.
Y le he dicho: "Señora, es extranjero y NO está entendiendo lo que le está diciendo”. Y se calla, la funcionaria se calla ante el ciudadano, ante mí y ante el extranjero. El funcionario es vano y banal por naturaleza casi siempre. El funcionario siempre se calla por prudencia y temor, vaya a jiñarse.
En ese momento no me ha quedado más opción que usar mi buen francés y mi mejor inglés para explicarle al extranjero qué sucedía. El extranjero sabía inglés y francés y senegalés. La funcionaria, españó. Esa hija de puta sólo sabía hablar españó. Esa funcionaria, que hoy le ha salido del coño tratar así al trilingüe extranjero, desayuna todos los días, se va todos los días con la que entra con ella al baño al bar Minutero de Reloj a las 9:56. Y escrupulosamente mastican durante treinta justos minutos la tostada de mantequilla con miel.
Hoy, no. Hoy me ha invitado a desayunar porque le he amenazado. Le he dicho que la próxima vez ¡saltarán las puertas de su quicio!
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sucesos
sábado, 6 de noviembre de 2010
Bolaño-Bernhard-Belluci. El trío.
Bolaño. Yo me acuerdo de Bolaño muchas veces a lo largo del día. Y sólo me he leído un libro de Bolaño. Y sólo le he visto una vez, y fue en Youtube. Y sólo le leí una entrevista cuando ganó un Herralde en nosequé revista. A Bolaño. Cuando el finalista fue Olmos, que es casi mejor que Bolaño pero que nadie lo reconoce porque es español y tiene un blog donde habla de su aversión por todo lo que le rodea. Y por eso supongo que escribe. Lo pienso y lo escribo. Pero me acuerdo de Bolaño mucho. Mucho, casi mucho demasiado. Tanto pienso en Bolaño que creo que el más allá debe existir porque si no, no pensaría tanto en Bolaño. Si pienso tanto en él es porque me adviene Bolaño entero hacia mí y quiere y viene a recordarme que él sigue existiendo: "Existo, piensa, piensa en mí, como si de una pompa (bubble) etérea se tratara".
Pero están todos equivocados; hasta Bolaño. Yo pienso en Bolaño porque viajo mucho por carretera. Viajar mucho por carretera aumenta las probabilidades de transitar por carreteras que aún no están terminadas. Autovías medio construidas, bandas sonoras que hacen crujir la suspensión de tu cuatro latas. Tengo un cuatro latas. En esas carreteras, en esas autovías medio construidas, colocan con cierta frecuencia unos muñecos que suben y bajan el brazo mientras sujetan un banderín rojo. El muñeco te advierte y sujeta aunque no sean verbos apropiados porque son inertes. Los hay con bigote pintado e incluso con gafas. Otros tienen el pene, que es un plátano atado, muy grande. Hay muchos muñecos así por estas carreteras de Andalucía. Pero cien metros después, ya no hay muñeco, dejan de existir los muñecos. Aparecen entonces las personas muy personas, chavales jóvenes, de veinte y casi treinta años que se tiran ocho horas con una señal en la que se lee la palabra STOP y por el envés, una flecha azul. A veces suben y bajan dicha señal e imitan al muñeco de la banana fuera del pantalón. Así ocho horas todos los días hasta que..., no sé, hasta que se ponen morenos o no soportan las miradas de tres mil automóviles diarios, de seis mil personas que piensan que si han nacido para estar ocho horas ahí, aguantando un banderín y una banana. Y dejan el trabajo. Y buscan otro trabajo donde pueden desarrollar mejor sus capacidad laboral: aplastar alquitrán con la suela de la bota negra de trabajador de carretera.
Pero yo quería contar esto porque cuando veo a esos muñecos y a esos hombres en la carretera desarrollando esos trabajos me acuerdo de Bolaño y de los trabajos que desempeñó Bolaño antes de ganar el Herralde. Trabajos de muñeco de carretera. Por ese motivo no subestimo nunca a nadie. Es de locos juzgar a las personas por el trabajo que desarrollan, por el trabajo que tienen para procurarse el sustento, el pan integral y las salchicas del Hacendado. Por ejemplo, el conserje del instituto donde cursé COU, era licenciado en Filología Clásica. Y era feliz y no es ninguna broma. Después, durante las dieciséis horas restantes del día, leía en latín, escribía en latín y colaboraba en una revista muy prestigiosa enviando los artículos en latín y en castellano. el abstract lo redactaba en francés; casi ná. Yo decía sólo olé. Pero era conserje sin peros pero hubo peros y el pero se lo puso... Bernhard, por ejemplo. Bernhard le puso peros a esta actitud para comer y beber vino tinto en las comidas. Ayer le leí otra cita donde desarrollaba toda su mala hostia:
"Todo trabajo, todo empleo me repelía profundamente, me asqueaba la estupidez de los trabajadores, de los empleados, veía todo lo que había de repugnante en los empleados y en los trabajadores, su absoluta falta de sentido y de finalidad. Trabajar, estar empleado, sólo para sobrevivir, eso me asqueaba, eso me repugnaba".
Ya no quiero escribir más. Ya no quiero escribir más de Bolaño. De Bernhard sí. Ya no me acuerdo de Bolaño cuando estoy delante del ordenador. Desaparece su consistencia en mis recuerdos. De Bolaño me acuerdo cuando circulo por algunas carreteras. Cuando estoy delante del ordenador sólo recuerdo la violación que escenifica y soporta Mónica Bellucci en una película que aún no he visto: Irreversible. Eso hace internet... ¿por dónde nos viola internet? Qué bruto es internet.
Porque el ordenador me distrae y me recuerda esa violación constantemente, porque el ordenador me priva de recordar a autores que merezcan la pena, leo en soporte papel y escribo sobre papel que ya quedó pintarrajeado por la otra cara por una impresora o por un chiquillo. Uso un bolígrafo Bic y pluma Parker. Y me rasco la cabeza con la mano derecha cuando la musa me hace estornudar.
Mi reducto, estas palabras son mi reducto.
PD: Las fotos sé que son buenas. La primera es de Nabokov escribiendo a lápiz: "It was love at first sight, at last sight, at ever and ever sight". En la segunda no soy protagonista: ¡lástima! (Nusch, Paul Eluard, Roland Penrose, Man Ray y Ady Fidelin, 1937 -en España, a tiros-)
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viernes, 5 de noviembre de 2010
Presentación y divertimento. Número 1.
Pienso que me voy a divertir. Mucho. Lo sé. Pienso que me voy a divertir un montón. Lo sé. Pienso que lo voy a pasar bien. Muy bien. Lo sé.
Ayer me escribió Bernhard. Escaneé la carta. La tengo guardada en el primer cajón de la mesa de abedul que me regalaron en mi cumpleaños. Lo voy a pasar bien, estúpidos. Empiezo mal insultando, ¿verdad? Lo siento, soy negro y soy un pseudónimo. Sin derecho de pernada pero sí de escritura.
Anotad la cita por ahí. Os hará falta en algún momento de vuestra blanca y sesuda vida:
Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, sólo el desvergonzado escribe, sólo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y, sencillamente, soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico.
Como yo, Mr. Bubble Waterproof.
Foto: De espaldas, ¡yo! De frente, Bianca. Cómo me gustaba esa mujer.
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Bernhard
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